Caín y Abel

La equivocación del ex presidente Piñera, el día de ayer, respecto al primer crimen de la “historia católica”, creo que es una lección cívica importante, una cruda radiografía de la realidad. Ciertamente, una segunda lectura, nos muestra como los líderes de nuestro país, o al menos quienes pretenden serlo, ven el proceso de justicia y orden público.

El ex presidente Piñera dijo: “El primer crimen de la humanidad, según la Biblia, lo cometió Abel, cuando con una quijada de burro mató a su hermano Adán”.

Analicemos:

Por un lado tenemos el fenómeno Adán. Falsas víctimas que, sin pretenderlo, movilizan al aparato judicial y policial tras falsos crímenes, llenando los tribunales de causas que no conducen a nada, mientras las reales víctimas claman justicia eternamente.

También está el fenómeno Abel. Ese que muestra a policías, fiscales y jueces desprolijos, terminando con personas inocentes condenadas, ante un frenesí por buscar culpables y exhibir resultados en desmedro del rol soberano que le confían los ciudadanos para que impartan justicia. Acusados sin fundamentos que terminan sometidos no sólo a un proceso injusto, sino que además son condenados y quemados en la plaza por la opinión pública. Esa misma que le entrega poder a la justicia para que aplique la ley. Pero la necesidad de encontrar culpables, ese mismo morbo que exhibían los habitantes de las villas cuando el señor feudal determinaba que le cortaran la cabeza al condenado de turno, hoy lo exacerbamos cuando clamamos por culpables y no por justicia.

Pero el peor fenómeno de todos, ese que corrompe la confianza de un pueblo en las instituciones del estado, es el fenómeno Caín. El real victimario, el que tomó la quijada de burro – en eso el ex presidente no se equivocó y al menos el arma homicida está identificada – quedó libre porque nunca fue objeto de la investigación. Caín sigue caminando por ahí libremente, sigue traficando droga, sigue robando casas, sigue violando, sigue asesinando, sigue portando armas ilegales, sigue haciendo lo único que sabe hacer: delinquir. Y en medio de la confusión imperante nunca es procesado por ningún delito y si lo llega a ser, sale en libertad porque todos están pendientes de encontrar a Abel.

Finalmente tenemos a un poder judicial que mientras exhibe la quijada de burro como trofeo y construye un caso contra un Abel inexistente, porque ya está muerto, presenta como victima a un Adán que no es la víctima real. Y en medio de este esfuerzo inútil e ineficiente, deja que Caín siga haciendo de las suyas.

Confiar en las instituciones del estado es un derecho soberano del pueblo que las sostiene. Cuando esa confianza se pierde no es el pueblo el que debe esforzarse en recuperarla, sino que son las instituciones las que deben reconquistar ese privilegio.

Las instituciones, que ven pasar a Caín todos los días frente a sus ojos, deben recuperar la confianza del pueblo con hechos y no con promesas.

Chile no se merece la desconfianza, el país es nuestro y no de los que gobiernan.

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